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Herodoto

Herodoto

Un apasionado investigador de tiempo completo

¿Te gusta salir de viaje? ¿Te agrada conocer otros lugares, otras culturas, otras personas? ¿Te gusta probar comidas distintas a las de tu casa? ¿Te gusta sacar fotos o tomar película para recordar momentos inolvidables? ¿Sabías que hubo un señor en la antigüedad que dedicó su vida a pasear y platicar todo lo que veía en sus viajes? ¿Te puedes imaginar haciendo muchos viajes, infinitos, sin necesidad de gastar mucho dinero y sin tarjetas de crédito? ¿Te gustaría conocer a un griego famoso que te diga cómo sacar mejor provecho a tus viajes? Si respondiste “sí” a más de dos preguntas, estás en riesgo de ser herodotiano o herodotiana. Te invito a leer el texto que sigue.

Hace dos mil quinientos años vivió en Grecia un señor llamado Herodoto, que por puro gusto se dedicó a viajar por el mundo entero, el mundo que se conocía hasta entonces. Viajó por los estados griegos, Grecia en su lado oriental y Grecia por el lado occidental. Visitó Persia también. En ese entonces los dos imperios más importantes eran Grecia y Persia. Herodoto los recorrió de principio a fin, a lo largo y ancho. También atravesó el mar mediterráneo para estar en el norte de África, en el imperio egipcio. Por ser extranjero le negaron el derecho de ser ciudadano de Atenas, y prefirió irse a vivir al sur de Italia, a una ciudad griega llamada Thurioi.

Toda su vida Herodoto anduvo de viaje. A su casa sólo llegaba para descansar y para preparar el viaje siguiente.

¿Qué hacía en esos viajes? En aquellos tiempos no había automóviles, ni trenes, mucho menos aviones. Acompañado de un esclavo (que le ayudaba a llevar sus cosas, a trasladarse, a preguntar, a ver, a recordar lo visto), tenía que recorrer grandes distancias, miles de kilómetros, a pie, en burro, en camello, y también en barco y naves más pequeñas. Herodoto paseaba por todos aquellos lugares buscando información. Quería conocer el mundo y a sus habitantes. Conocer para luego describir y platicar lo que había visto y escuchado, sobre todo, las hazañas de los gobernantes griegos y bárbaros. Pero, no sólo hablaba de los ricos y poderosos, también le gustaba narrar acerca de la vida de las gentes sencillas, de las creencias y costumbres, de los cultivos, de las enfermedades y catástrofes naturales, de las plantas y animales, de ríos y montañas.

Todo empezó cuando era niño. Él nació y creció a orillas del mar. Estaba acostumbrado a ver la inmensidad del horizonte vuelto agua. Donde apenas alcanzaba su vista, veía lejanos puntos que entre más se aproximaban a la orilla, iban creciendo en tamaño, hasta tomar la forma de barcos que anclaban en las playas de Halicarnaso, bahía de donde era originario. A este niño le asombraba ver lo infinito del mar y le sorprendía también que de esa inmensidad, surgidos de puntos lejanos y desconocidos, llegaran cientos de embarcaciones. Por eso Herodoto siempre se hizo esta pregunta: ¿De dónde vienen los barcos?

Otra influencia de Herodoto fue su padre, que se dedicaba al comercio, actividad donde era necesario dejar el hogar para embarcarse durante semanas y hasta meses en lugares apartados y extraños. Al volver, seguramente contaba a su hijo lo que había visto y lo que le había sucedido en aquellos recorridos. También, es probable que cuando su padre estaba de viaje, el pequeño Herodoto preguntara a su madre dónde andaría el señor de la casa y ella, como respuesta, le mencionara nombres desconocidos para la mente de aquel niño que hacía demasiadas preguntas. Quizás en estos momentos, dice Riszard Kapuscinski, fue como nació la tentación y la decisión de recorrer el mundo entero.

Tiempo después, al ser mayor de edad, Herodoto decidió recorrer por sí mismo ese mundo por el que tanto había preguntado cuando era niño. Y se animó a emprender la aventura de andar de sitio en sitio, en busca de encontrar respuesta a las preguntas que tenía en su mente. Y sucedió que un lugar lo llevaba a otro, y éste a otro distinto. Cada lugar con diferentes costumbres y muchas historias para aprender.

Después de andar por el mundo, se dio cuenta que los pueblos no dejaban de estar en guerra; sobre todo, Persia y Grecia, vivían en conflictos permanentes. Esto llamó la atención de Herodoto y buena parte de sus viajes los dedicó a comprender por qué Grecia y Persia se la pasaban haciéndose la guerra. Él se preguntaba: ¿Por qué estos dos pueblos viven en una lucha a muerte? ¿Siempre ha sido así? ¿Así será siempre? “Y Herodoto dedica su incansable y laboriosa vida a la búsqueda de respuestas”.[1]

En tiempos de Herodoto no había bibliotecas, archivos, libros, enciclopedias. Alguna información era recogida en pergaminos o rollos de papel de fibras naturales; pero la mayor cantidad del conocimiento de aquella época estaba sólo en la memoria de las personas. La memoria era el lugar donde se guardaban los conocimientos recibidos de las anteriores generaciones, y también los nuevos saberes que iban creando las personas. Pero para encontrar lo que debía ser guardado en la memoria, había que llegar a donde estaba la información. Si ésta ocurría lejos de casa, había que viajar, encontrar lo que se busca, sentarse a platicar, hacer preguntas, escuchar lo que la gente quiere decir, recordar y, tal vez, apuntar.

Siempre tenía un objetivo en cada viaje que hacía: reunir más información acerca de un país, de sus gentes y costumbres o comprobar la verdad de los datos ya reunidos. Pues Herodoto no se contenta con lo que alguien ha dicho, sino que intenta comprobarlo todo, comparar versiones oídas, hasta formarse una opinión propia. “De manera que viaja para comprobar, comparar, precisar”.[2]

“¿Cómo trabaja Herodoto? ¾se pregunta Riszard Kapuscinski¾ Es un reportero nato: viaja, observa, habla con la gente, escucha sus relatos, para luego apuntar todo lo que ha aprendido o, sencillamente, recordarlo”.[3] Ante todo, Herodoto observa y escucha con demasiada atención. Pronto supo que aprende mejor quien es capaz de abrir plenamente sus ojos y sus oídos a todas las experiencias, paisajes y palabras que la vida le va poniendo enfrente. Herodoto “era un oyente de lo más atento y aplicado”.[4]

Era un hombre abierto, bueno, comprensivo, amable, sangre liviana, gustoso de entablar amistad y confianza con todas las personas. Eso le abría las puertas de los lugares a donde él necesitaba entrar para encontrar información. Su trabajo dependía de lo que le contara la gente, y por eso había que ganarse a las personas con un modo de ser cordial, generoso, alegre, de buen ánimo. A fin de cuentas, Herodoto había nacido en Halicarnaso, un país situado en una bahía, ahí donde el límite occidental de Asia se encuentra con el mar Mediterráneo. “Una región de sol, luz y calor, de la vid y la aceituna… alguien nacido en un lugar como éste no puede sino tener buen corazón, una mente abierta, un cuerpo sano y un espíritu apacible e imperturbable”.[5]

¿Qué es lo que movía a Herodoto? ¿Qué lo empuja a trasladarse de un lugar a otro? ¿Por qué dedicar todo su tiempo, su energía, su dinero a hacer viajes para conocer lugares, personas y costumbres? ¿Qué lo hacía dejar su tierra, enfrentar peligros, situaciones desconocidas y lanzarse a la aventura? Riszard Kapuscinski nos da la respuesta: a Herodoto lo motivaba “la curiosidad por el mundo. El deseo de estar allí, ver todo aquello a cualquier precio y vivirlo en carne propia… creo que una fe llena de optimismo ¾que nosotros hemos perdido hace ya tiempo¾ en que es posible describir el mundo”.[6]

Este hombre tenía una pasión no muy frecuente. Pudo quedarse en su tierra natal, dedicarse al comercio, al cultivo de la tierra, a la filosofía, a las bellas artes, o conseguir cualquier otro medio de ganarse la vida. Sin embargo, no se conformó. Herodoto fue de las personas que descubrió su misión en esta vida y decidió dedicarse en cuerpo y alma a recorrer el mundo, por su propia voluntad, “con el único fin de conocerlo, estudiarlo y comprenderlo, para, luego, además, describirlo todo”.[7] Una misión que fue también pasión, la pasión de “¡partir, llegar, enterarse, comunicar el hallazgo al mundo sin perder un segundo”.[8]

Viajando, observando, preguntando, escuchando, sacando sus propias conclusiones, fue como reunió sus conocimientos, y así llegó a saber lo que hacían y pensaban gentes de regiones tan remotas y distantes entre sí como Fenicia, Libia, Egipto, Babilonia, Persia y las ciudades estado de Grecia.

A Herodoto le gustaba relacionarse con las personas y además tenía el don de caer bien; buscaba a gente de todas las clases sociales, y con ellas convivía. Así obtenía su información. En aquellos tiempos, se acostumbraba que por las tardes se reunían grupos de amigos a la orilla del mar, a la ribera de los ríos o lagunas, o también en los huertos y patios de las casas. Estas reuniones eran con el único fin de conversar, de contar historias, de escuchar relatos y noticias. Aquellas tertulias estaban acompañadas de vinos de uva, aceitunas, queso, frutas, carnes. Así que eran convivios frecuentes, que Herodoto aprovechaba a la perfección para escuchar y aprender; al mismo tiempo que tenía la oportunidad de contar todo lo que él había descubierto por sus amplias correrías por el mundo. En eso llevaba ventaja a la mayoría de las personas que se reunían en estas charlas. Él venía de recorrer regiones a las que pocos habían llegado, por lo que siempre era novedad lo que sabía contar con gracia y lujo de detalles.

Esta es una característica importante de todo aquel que busca información y luego se decide contarla a los demás: tiene que narrar lo que vio y aprendió de un modo que capte la atención del público a quien se dirige. Herodoto hablaba de raptos de muchachas, de hazañas de jefes militares, describía las batallas, analizaba la estrategia de los ejércitos rivales, relataba modos de vida de otros pueblos, exponía las conclusiones de todo lo que había estudiado. “La historia tiene que ser interesante, debe contener algo picante, algo que cause sensación, un suspense”.[9] Y Herodoto, animado por su curiosidad de comprender el mundo y por sus amplios conocimientos, tenía la habilidad de contar historias interesantes, capaces de atraer y asombrar a su público.

Además de las tertulias vespertinas, Herodoto tenía otras fuentes de información importantes: el proxenos, que era como un cónsul o amigo del visitante, que vivía en el extranjero y se encargaba de recibir a sus paisanos para atenderlos y facilitarles todo lo necesario para que tuvieran éxito en su viaje. Daba información, los acercaba a los contactos necesarios y ayudaba a resolver un sinfín de asuntos. Igualmente, acudió a otra fuente de información inagotable, depositarios de la memoria de toda cultura: los cronistas espontáneos, los contadores ambulantes y los trovadores de la antigüedad.[10]

Ya grande, Herodoto comprende que debe hacer algo para que todo lo que ha visto y escuchado no se pierda en el olvido. Sabe que ha reunido gran cantidad de historias y noticias, que si no las escribe se perderán sin remedio. Por esta razón decide escribir los frutos de sus investigaciones para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad, y menos que lleguen a desvanecerse las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros. Así, los motivos por los que Herodoto escribió un libro son, sobre todo, los siguientes:

1) Para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad.

2) Para que no llegue a desvanecerse el recuerdo de las hazañas, las costumbres, los lugares, la vegetación, los animales, los paisajes, de todas las regiones que componían el mundo conocido en ese tiempo.

3) Para dejar constancia por escrito del mundo que Herodoto conoció y que luego describió, con el propósito de que fuera información y conocimientos que aprovecharan tanto su propia generación, como las siguientes.

Llamó a su libro Historia, que en aquel tiempo era una palabra que significaba “investigaciones” o “inquisiciones”, que era lo que Herodoto había intentando y lo que realmente había logrado: descubrir, conocer y describir la historia que los seres humanos han creado día a día.[11]

Así fue como Herodoto dejó su casa para encontrar respuesta a sus preguntas de niño: ¿cómo es que en el horizonte aparecen naves? ¿De dónde han salido? ¿De qué puertos han zarpado? ¿Hay otros mundos más allá de lo que ven nuestros ojos? ¿Cómo son? Ese fue Herodoto, un hombre que conservó a lo largo de su vida la curiosidad que tenía cuando era pequeño, y eso estuvo bien porque “sólo los niños plantean preguntas importantes y de verdad quienen aprender”.[12]

Y Herodoto, en la búsqueda de respuestas a sus preguntas de niño, descubrió otros mundos, supo que son muchos y que cada uno es único. Y supo también que no podemos conocernos a nosotros mismos, hasta que no estemos frente a otras personas y otras culturas que serán como espejos, en donde veremos nuestras propias fortalezas y limitaciones. Eso es lo que Herodoto andaba buscando incansablemente: otras gentes y otras culturas que le ayudaran a entenderse a sí mismo y a su propia cultura.

Esa el gran lección de Herodoto: vale la pena interesarnos por el mundo; además, conocer a los otros y conocernos a nosotros mismos requiere esfuerzo, dedicación y ganas de preguntar, de hacer preguntas importantes, como las hacen los niños. Herodoto nos enseña que vale la pena mirar para ver y escuchar para oír, es decir, mirar y escuchar para comprender.

Herodoto tiene un lugar privilegiado en la historia universal gracias a su pasión por conocer y su inteligencia para escribir. Nosotros, estudiantes que estamos en formación y con deseos de cultivarnos para ser mejores, podemos aprender de Herodoto su gusto por preguntar y su interés de luchar por encontrar las respuestas a esas preguntas. Respuesta que está en los otros, a quienes tenemos que frecuentar para escuchar, conocer, comprender y formarnos un criterio propio.

(HAG)

Actividades de aprendizaje:

1.- Comenta tus impresiones acerca del texto que acabas de leer.

2.- ¿Quién era Herodoto? ¿Cuál era su oficio o profesión? Procura explicar tus afirmaciones.

3.- ¿Cuáles eran los objetivos de Herodoto?

4.- ¿Qué hacía para alcanzar sus propósitos?

5.- En base a la lectura que hiciste, explica cómo nace (y se hace) un investigador o investigadora y cuáles son sus cualidades.

6.- ¿Alguna vez has sido como Herodoto, aunque sea un poquito? Haz memoria y describe esa experiencia.

7.- En equipo, colabora con un pequeño grupo de compañeros para hacer un gráfico en el cual sinteticen lo que han aprendido de Herodoto.

8.- En ese mismo equipo, hagamos un ejercicio de imaginación: ¿Les gustaría seguir un poco los pasos de Herodoto? ¿Qué les gustaría conocer? ¿A dónde irían? ¿Qué harían? ¿A quién visitarían? ¿Por qué harían todo esto?

9.- Pónganse creativos. Con el pequeño grupo que han formado, hagan un programa de radio, una presentación en power point, una canción, un video, una modesta representación teatral o un programa de televisión, en donde expresen las ideas que hemos comentado a propósito de Herodoto, un investigador apasionado por conocer el mundo.



[1] Riszard Kapuscinski, Viajes con Herodoto, Tr. Ágata Orzeszek, Ed. Anagrama, Barcelona, 2006, p. 93

[2] Ibid., p. 121

[3] Ibid., p. 119

[4] Ibid., p. 201

[5] Ibid., p. 57

[6] Ibid., pp. 290 y 292

[7] Ibid., p. 291

[8] Ibid., p. 300

[9] Ibid., p. 98

[10] Ibid., pp. 295-296

[11] Ibid., p. 289

[12] Ibid., p. 296

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2 comentarios

jhohan el paspi -

EsO Si mE GuStO El rEcOrIa tOdO El mUndO SiN GAStAr tANtO DiNeRo mE AgrADa aStA LuEgO

Jordan 6 -

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