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Era yo fácil de seducir

Era yo fácil de seducir

“...era yo fácil de seducir.*

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“…hubo un tiempo en mi adolescencia, en que me abrasé por saciarme de las cosas de acá abajo y no temí convertirme en una selva de amores sombríos y diversos y se marchitó mi hermosura y me descompuse a tus ojos por agradarme a mí y desear agradar a los ojos de los hombres.

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“…yo no me contenía en los límites de un cambio de alma a alma, hasta donde se encuentra la frontera luminosa de la amistad. Por el contrario, del fango de la concupiscencia carnal y de la efervescencia de la pubertad exhalábase un vaho que cubría de nubes y ofuscaba mi corazón hasta el grado de que no se distinguía la serenidad del afecto de la niebla de la sensualidad.

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“…entré en ebullición, dejándome arrastrar por el ímpetu de mi propia corriente, después de haberte abandonado, y transgredí todas tus leyes y no escapé a tus azotes… Sí estabas a mi lado, misericordioso en tus rigores, rociando de amargura y sinsabor todos mis ilícitos placeres. Para que así buscase el placer que no tiene sinsabor y, cuando pudiese hallarlo, no encontrase ningún otro fuera de ti, Señor…

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“¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que callaste tú, Dios mío, cuando me iba alejando más y más de ti? ¿Es cierto que callabas entonces para mí? Y ¿de quién eran sino tuyas aquellas palabras que, por medio de mi madre, tu fiel sierva, hiciste resonar en mis oídos? Aunque ninguna descendió al corazón para que la pusiese en práctica.

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“…entre los compañeros de mi edad, me avergonzaba de ser menos desvergonzado que ellos, cuando les oía jactarse de sus bellaquerías y vanagloriarse tanto más cuanto más torpes eran. Y me complacía hacer aquello no sólo por el placer del hecho en sí, sino también por el placer de la alabanza.

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“…y en todo había una niebla que me ocultaba, Dios mío, la vista de tu verdad serena.

San Agustín entró en ebullición, como todos los adolescentes y jóvenes. Los amigos, los deseos de su vitalidad, hicieron que se convirtiera en una “selva de amores sombríos”. Eso lo hacía sentir bien. Desoía la voz de su conciencia y desatendía la voz de su madre. Las palabras de bien no llegaron a su corazón para ponerlas en práctica. Hasta más tarde, cuando tenía cerca de 30 años.

Con el tiempo, descubrió que la verdadera libertad es hacer caso a la voz de la conciencia, a la voz de la gente que lo quiere, palabras que según San Agustín, son de Dios mismo que quiere que se enderece la vida de las personas, para que la serenidad, la paz y el gozo duradero invadan el alma humana.

 

Haz un alto en la lectura. Piensa un poco:

1. ¿A dónde te llevan tus amigos?

2. ¿Cuáles son las voces que desoyes, y que en el fondo de tu corazón sabes que son palabras razonables?

3. ¿Qué haces con tu ebullición? ¿Qué haces con tanta vida que ahora sientes y que te desborda? ¿Qué haces con tus deseos de ser feliz, de ser alguien en la vida, de ser estimado, de dejar huella?

4. ¿En qué inviertes tu tiempo, tus fuerzas, tus alegrías?

5. ¿Cómo está tu corazón: en paz, en desasosiego, inquieto, intranquilo?

6. ¿Dónde está la verdadera felicidad? ¿Qué esperas para ir tras ella?



* San Agustín, Confesiones, Libro Segundo, capítulos I, II y III

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