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Cristóbal Colón, el mérito de escribir y de vivir a fondo

Cristóbal Colón, el mérito de escribir y de vivir a fondo

“Ningún resultado del progreso humano se logra con el consenso de todos. Aquellos que están iluminados están condenados a seguir su luz, a pesar de los demás”. Son palabras escritas por Cristóbal Colón, las palabras que más se grabaron en la mente de su hijo Fernando, autor de la biografía del navegante italiano que se atrevió a soñar y dedicó toda su vida a hacer que su sueño tuviera lugar en este mundo.

            En el curso de literatura vimos la película 1492. La conquista del paraíso. Y hago algunos comentarios. 

“Vives la vida que escogiste para ti mismo, y yo te escogí a ti”, le dijo Beatriz, su fiel mujer, que nunca dejó de querer al hombre que vivía para cumplir su sueño: descubrir nuevas rutas.

Cristóbal Colón deseaba un Nuevo Mundo. Luchó por ello; puso sus mejores capacidades, su vida entera y toda su locura de soñador, de hombre libre. A ese afán empeñó su existencia.

Colón, además de navegante intrépido, fue cronista del tiempo que le tocó vivir. Fue cronista del choque de civilizaciones, la europea y la americana. Su fe en sí mismo, su espíritu libre, su ambición; su obsesión por encontrar el paraíso de oriente repleto de oro y mercancías raras, su carácter aventurero, deseoso de novedades, lo llevaron a dirigir una de las empresas más creativas y heroicas de la humanidad: el descubrimiento de América, un mundo extraño y mágico. “El edén inexplorado ¾describió Colón¾; así ha de haber sido el mundo al principio, una tierra que nunca volverán a ver así nuestros ojos. Esta tierra intoxica mis sentidos y mi alma. Una oportunidad para comenzar de nuevo”.

Pero Colón no sólo admiró la belleza de las tierras americanas. Habló también de sus habitantes, a quienes llamó indios, por creer que llegaba a las indias occidentales. Reconoció la generosidad y la nobleza de nativos. “Aquí no se comenten delitos y la gente es mansa”. Y Colón, almirante y gobernador de las tierras recién descubiertas se defendía y los defendía frente a la brutalidad de quienes venían en plan de mano dura: “No son salvajes y no nos vamos a comportar como salvajes con ellos. Vamos a tratarlos como trataríamos a nuestras esposas e hijos. Vamos a convencerlos y no a imponerles nuestra fe”.

Colón era idealista, un humanista inspirado, seguramente, en amantes de sueños: Leonardo da Vinci, Erasmo de Rótterdam, Galileo, Tomás Moro. Un hombre de buen corazón, cuyas debilidades, la ambición y deseo de gloria, lo extraviaron en los laberintos del poder. Su buena fe no pudo contra la codicia, la crueldad y el egoísmo de quienes venían a dominar a los indígenas. Su opinión personal de convivir en paz con los indios, chocó contra la política inhumana del imperio español.

Fue acusado de haber provocado caos, desorden, ingobernabilidad en las tierras donde era gobernador. Asimismo fue enjuiciado por haber masacrado indios y por haber puesto a trabajar a los nobles que lo acompañaban. Por esos motivos fue condenado a largos años de cárcel, despojado de títulos y honores. Privado del reconocimiento de sus méritos por haber dado a España un nuevo continente. Ignorado, sobajado, maltratado.

“¡Qué modo de desperdiciar una vida!, dijo el rector de la universidad de Salamanca, refiriéndose a Colón. Y le contesta Sánchez, tesorero del rey y de la reina: “Sí, pero si alguien recuerda nuestros nombres, será porque están ligados al de él”.

Colón, un soñador que cargó con su propia cruz. Un iluminado que luchó contra todo para ver lograr sus aspiraciones del alma. Un hombre que desafío a la Inquisición y a la corte, los máximos poderes de su tiempo. Un hombre libre, que defendió su derecho a vivir en libertad. Y esto no es fácil. El miedo, la ignorancia, el fanatismo dominaban la vida de la inmensa mayoría de las personas. Colón fue uno de los pocos que no se resignaron a una vida apocada y tibia.

Colón y su hijo Fernando escribieron de todo esto. Fueron testigos de una época que provocó el choque de dos culturas. Encontronazo donde aparentemente los indígenas fueron los únicos perdedores, al quedarse sin libertad, religión, tierras, cultura propia; pero los españoles también perdieron al no valorar la riqueza humana de las culturas americanas. Eso se alcanza a entender en lo que narran las crónicas, aunque no lo digan con todas sus letras. Los que dominan desprecian la sabiduría y la belleza que poseen los dominados. Ambos pierden.

Esto se advierte plenamente en una escena de la película. Colón, viejo, cansado, recién salido de años de cautiverio, comparece ante la reina Isabel de Castilla. “No puede ir a Santo Domingo ni a las islas que usted descubrió. El nuevo mundo es un desastre”. Y Colón contesta con humor, con realismo irreverente: “¿Y acaso el viejo mundo no lo es también?”

Colón se ilusionó con la utopía de crear un nuevo mundo, de descubrir un nuevo continente. “Es un soñador”, fue la acusación que le hizo el tesorero de palacio, Sánchez. “Vea afuera. Ahí hay palacios, templos, cúpulas. Fueron construidos por hombres como yo. La diferencia entre usted y yo es que yo lo intenté y lo logré”.

Colón fue una persona con contradicciones. Con luces y sombras, con grandezas y bajezas, con grandes causas alcanzadas y grandes causas abandonadas, como su familia. Pero de él podemos decir algo cierto: su vida fue movida por ideales. Algo para recordar y valorar.

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